jueves, 30 de marzo de 2017

La culpa es del neocórtex

Malote
El dualismo nos lleva perezosamente a dividir al género humano en buenos y malos.  Era cómodo aquello de países del Este y Países del Oeste. Aunque, cartográficamente, insostenible. Cuando cayó el muro de Berlín,  los dualistas lo pasaron regular. Porque esa división, tan simplista, pasó también a ser una antigualla estratégica.  ¿Dónde están ahora los buenos? ¿Dónde, los malos? Si hasta los actuales amiguitos del alma, Putin y Trump, parecen buenos los dos, aunque, a veces, puedan parecer un poquito malos. Los de las Azores, nos metieron en la guerra de Irak por el petróleo, para vender armas y porque se necesitaba unos malos de plantilla. Pero la gran mentira de que Sadam Husein  tenía armas de destrucción masiva,  convirtió a los buenos de las películas y del séptimo de caballería,  en villanos. Menos mal que de la ignominia de la guerra de Irak, que ha convertido a toda esa zona en una escombrera y en un cementerio de gente inocente, ha surgido el ISIS, que se ha hecho con el papel del malo de la película. ¡Ya tenemos villano!  Pero es un malo desubicado. No hay forma de llevarlo al O.K. Corral para arreglar las cosas en un Duelo al Sol; y entonces le hacemos frente en el irresponsable cobertizo del cielo, desenfundando drones que matan al bandido y a todos los habitantes del pueblo. El ISIS cuenta además con un arma de gran eficacia, fácil de programar por los imanes, con la cooperación necesaria de Israel, un estado artificial, metido a pieza en la zona, como periscopio y lanzatorpedos de los intereses, otrora llamados Occidentales. Ese arma imprevisible e insidiosa, son los suicidas, los fanáticos guerreros del ISIS. Al fanatismo de Trump y de la extrema derecha europea no sé cómo llamarlo. Tampoco tengo todavía la palabra adecuada para designar a nuestros fanáticos de los recortes que también provocan muertes, desigualdad e ignorancia.  ¿Fanáticos de la mentira o mentirosos compulsivos?  La confusión es enorme. Cada vez cuesta más distinguir a un bueno de un malo. E, incluso, si averiguas quién es el malo de la historia, te sirve de bien poco, porque la neurociencia, la disciplina de moda, llega y te dice que el mal no existe y que los atentados, las mentiras, los recortes, las guerra, en resumen, los actos malos son solamente el resultado de un neocórtex (el área más evolucionada del cerebro) programado para actuar mal. No me alivia nada saber que los que han convertido la política española en un lodazal no lo han hecho a posta. Y me pregunto, ¿no podríamos reprogramar su neocórtex para que comenzaran a asumir que ganar unas elecciones debería de servir para algo más que para colocar a los suyos, despachar a los adversarios y cobrar el  mafioso 3%? La neurociencia tiene la última palabra.

jueves, 23 de marzo de 2017

No hay días para tanto "Día"

Celebración
Paolo Collejo, un escritor de aforismos, clase pobre, que me he echado de amigo, me cuenta que está incómodo porque cae, con demasiada frecuencia, en contradicciones evidentes. En decir una cosa y hacer la contraria. Lo achaca a que todavía el lenguaje oral -que venimos utilizando desde hace sólo 50.000 años- se está sincronizando con las vivencia evolutivas de la especie, que cuenta con millones de años. Creo que le falta base antropológica para hablar de estas cosas, pero no hay nada peor que un aforista empoderado por la Wikipedia.¿Qué son los cincuenta mil años que llevamos hablando comparados con los diecisiete millones de silencio o gritos?", me pregunta. Sin esperar respuesta, continúa: "Estamos todavía sincronizando el lenguaje oral, que sólo usamos desde hace unos miles de años, con los cambios y experiencias que la especie ha acumulado, en su evolución, durante millones de años. Sólo hemos nombrado unas pocas cosas. Y hemos dejado sin nombre la mayoría de las que nos conciernen, así que el desajuste entre lo que decimos y lo que hacemos o entre lo que dijimos hace un minuto y lo que acabamos de decir ahora mismo, no es tan aparatoso, teniendo en cuenta que estamos al comienzo de la sincronización". "¡Uf!, qué cosa más difícil de entender", le digo. Pero él no se inmuta y sigue: "¡Mira!, yo mismo llevo unos días metiéndome con la celebración de los días mundiales de esto y de aquello, con el día de la madre, del padre, del orgasmo femenino, de los perros con rabo de los perros sin rabo, con el día del comienzo de la primavera. En fin, por meterme, hasta me he metido con el Día Mundial de la Poesía, con lo que he conseguido que algún amigo poeta deje de ponerme 'me gustas' a mis comentarios del Facebook. Le recuerdo que llevo tiempo recriminándole esa actitud tan altanera y antipática. Pero él, siempre a lo suyo, ni me contesta y sigue: "Anteayer, Día Mundial de la Poesía, después de rebelarme contra la celebración, me dio por publicar un poema conceptual.
 ¡Menuda contradicción!, y lo ilustré con una foto de un cuenco negro de cocina, de esos de las sopas chinas, lleno de gomas de todos los colores, iluminadas por una linterna de led". Os prometo, amigas y amigos lectores, que intenté pararlo en seco, para que no me lo leyera. Le rogué que él hiciera frente, como pudiese, a su contradicciones, que yo bastante tengo con las mías. No hubo manera. Me leyó el poema y se quedó tan pancho. Menos mal que era breve. Al final me lo dio escrito en una servilleta del bar donde desayunábamos. Decía así: "El amor no sufre ligaduras. / Pero sí elásticas cadenas / que te atan al mástil de la nave, /con la fuerza umbilical de la costumbre, /rehén de Penélope, negado a las sirenas". Le rogué que lo trabajase un poquito más porque las referencias a Ulises no quedaban claras.

lunes, 20 de marzo de 2017

La fuerza umbilical de la costumbre


Elásticas cadenas

El amor no sufre ligaduras.

Pero sí elásticas cadenas


que te atan al mástil de la nave, 


con la fuerza umbilical de la costumbre,


rehén de Penélope, negado a las sirenas


jueves, 16 de marzo de 2017

Customizando, customizando, customizando...

Cerca, la lana
Los jubilados de larga duración, jóvenes aún, son un peligro, sobre todo, si no son ambiciosos y no buscan un puesto de libre designación en algún observatorio u órgano consultivo o dirigir un ateneo o alguna academia local. Andan por ahí, mirándolo todo, criticándolo todo, sin piedad, olvidándose de que ellos también cometieron alguno de los errores que ahora censuran en los otros. Me recuerdan a los arbitristas de los siglos dorados que enviaban constantemente memoriales y admoniciones al poder. Pánfilo es uno de esos jubilados de larga duración que no deja de darme la lata con análisis y propuestas para mejorar la vida de la gente. Si va a comprar un botón a una mercería, no se contenta con elegirlo, pagar y marcharse. Espera su turno, pacientemente, pero no quita ojo de las conversaciones y de la distribución de las lanas y los hilos en los anaqueles del establecimiento, restaurado recientemente. Sabe dónde están las cintas, sus tamaños y colores. Se recrea mirando la preciosa cara de la chica que despacha y es capaz hasta de detectar, según me ha contado esta tarde, que ella, aparte de la hermosura exterior, propia de su juventud y de una maternidad superada con sobresaliente, posee una mente poderosamente analítica. De lo que la chica habló con él -aprovechando que la tienda estaba vacía-, Pánfilo ha sacado la conclusión de que todavía no hemos superado la crisis, por mucho que la OCDE hable de la recuperación de nuestra economía. Le sorprendió, especialmente, que en la nueva colocación de los estantes, las lanas ocupen un lugar privilegiado, a la izquierda, nada más entrar, en la zona del establecimiento que primero se ve. La chica le ha explicado que la gente no tiene dinero y que ha vuelto a tejer prendas de lana. Que ha aumentado el número de hombres que hacen punto y que esta actividad es terapéutica, por lo entretenida. Parece que sus efectos son parecidos a los de los medicamentos contra la depresión. También ha aumentado la venta de hilos de todos los colores, calidades, texturas y grosores. Porque la gente, al no tener trabajo, sale menos y, sobre todo, se arregla los vestidos de una temporada para otra. Le cuenta que la crisis ha disparado sus ventas, en verano, porque, como pocos se mueven del sitio, al no disponer de posibles, se quedan en el pueblo cosiendo o tejiendo. Se quejó a Pánfilo de que está un poco agobiada porque, como sus clientes no se pueden pagar un sicólogo al que contarle sus vidas, se desahogan con ella. Conociendo yo lo libresco y enamoradizo que es Pánfilo, sé que se disparó su admiración por la joven cuando ella le dijo: "Si contara en un libro todo lo que yo tengo oído detrás de este mostrador…". Aunque Pánfilo, no me informó de ésto, estoy seguro de que se ofreció a la mercera para hacerle de negro.

viernes, 10 de marzo de 2017

Amor divino,amor humano


El amor, cosa de poetas
El amor cristiano, que el padre Román (el sacerdote juzgado por pederastia en la Audiencia Provincial de Granada) asegura que sentía por el joven que lo ha denunciado por abusos, sólo pudo existir, obviamente, después de Cristo. Fue San Pablo, en la epístola a los Corintios, esa que se lee en la bodas, el que habló del poder extraordinario del amor. Pero no se refiere Pablo al afecto marital ni al amor pasión, sino al amor al prójimo. Su epístola podría ser leída, igualmente, en la Asamblea de la ONU. Antes de la invención del lenguaje no existía el amor, sólo existían los astros y la ley de la gravedad. Y el amor era entonces, nada más y nada menos que esa fuerza telúrica, puesta ahí para que no se extinga la vida, que nos lleva, desde hace millones de años, a chocar unos con otros y a enredarnos y a dejar todo cuidado, o el propio yo, olvidado entre las azucenas de un gozo inefable. Una fuerza parecida, según Dante, a la que impulsa al sol y a las estrellas. Amor y lenguaje van muy unidos. Las últimas teorías sobre el lenguaje hablan de que se inventó más para cotillear que para otra cosa. El cotilleo, el maldecir del otro, o el bien decir de él, crea unos lazos fortísimos. El sentirse en comunidad de pensamientos, de aspiraciones, de proyectos con el grupo en el que nace uno, en la tribu, en el clan o en la familia, llevaron a los seres humanos a inventar el parloteo, algo más útil y flexible para comunicarse con los otros que los gestos o los gritos. No hay que descartar que las mujeres estuvieran más interesadas que los hombres en perfeccionar el lenguaje oral. Por dos motivos, para poder frenar la violencia, incluida la sexual, con la palabra y para poder enseñar a sus niños, dentro de las cuevas, a bandearse fuera de ellas. El amor es un cuento que nació, antes del invento de los anticonceptivos, para obtener de los machos un respiro. Treguas. Para desactivarlos, provisionalmente. Porque ellos no se quedaban embarazados ni parían. Palabritas, flores, velas, escalas secretas, damas encerradas en torres, rendidas a las palabras de Cyrano de Bergerac. Y entonces llegaron los poetas y vieron que era un asunto con muchas posibilidades y ya la cosa no tuvo remedio. Y de él hablaron los poetas califales y los trovadores provenzales y las novelas sentimentales del siglo XV. Y los místicos que utilizaron el lenguaje del amor humano para hablar del amor divino. Y los poetas mundanales que robaron a los místicos el lenguaje divino para hablar del amor humano. En las pelis porno pervive esta confusión: llegados al clímax, los protagonistas gritan "Oh, my God!". Hablar por tanto de amor cristiano, si no se acompaña de un prospecto explicativo, sumirá al tribunal que juzga al padre Román, en mayor confusión de la que ya sufre ante un delito tan abominable como es el de la pederastia. Porque el amor cristiano, a veces, se parece muchísimo, al humano. Basta con ver la escultura de Santa Teresa de Bernini.

viernes, 3 de marzo de 2017

Andaluz, a tiempo parcial

Olivos en suelo rojo
Qué más quisiera yo que sentirme andaluz, aunque fuera a tiempo parcial, como muchos trabajadores de esta hermosa tierra, pero hasta esta consoladora ensoñación se encuentra hoy en día un poco cachifollaílla, como diría mi Tita María. Ahora soy más de los cigarrillos que nos liábamos en Jaén, el Monti y yo, con el tabaco de picadura de las pastillas que traía su tío de Melilla, mientras traducíamos a Tito Livio y a Heródoto, que no son de aquí; de las tazas de caracoles con yerbabuena de La Rambla, de las tierras rojas de Nueva Carteya, con sus olivos gigantescos, de las 'eses' de Lusena, del andaluz que hablan algunos granadinos cultos, de la plaza de Santa María de Jaén donde besé a mi primera novia y recibí la primera bofetada de amor, pese a haberla besado, dulcemente, sin ningún género de violencia. De la pastelería El Sol, de los bancos de la cuesta de la Alhambra en los que nos sorprendía enlazados, al atardecer, el anciano párroco de Santa María, cuando subía despacito, asfixiándose, para recogerse en la rectoría... de mis maestros ceneros de amor venal, de mi maestro cenero del fino amor, del Zocato que dirigió el rito del agarejo que hizo de mí un hombre. Del prodigioso Atlas lingüístico y etnográfico de Andalucía que redactaron mis maestros, Alvar y Llorente. De las clases de don Emilio Orozco sobre San Juan de la Cruz. De los primeros cubatas en el bar El Elefante, junto a la parada del 3, pagados por mi amigo Puti, que trabajaba y tenía pelas, en tanto que yo, estudiante, estaba seco... De los libros de la colección Austral que nos vendía el dueño del kiosco de la Fuente de las Batallas. Él facilitó que leyera a Valle-Inclán y me deslumbrara con sus divinas palabras. Del soneto que hay en la Virgen de las Angustias, esculpido junto a un Cristo crucificado, que leía con mi amiga, algunas tardes de otoño. Su primer verso: "No me mueve mi Dios para quererte", nos inspiraba tiernas palabras de amor humano. De Raimundo, el albañil, un muchacho alto y poderoso, por el que le cambié el nombre a la Osa Mayor una noche, de vuelta al pueblo. Los estrelleros la llaman desde entonces la Palustra Raimundea. De la extinta ensaladilla rusa del Suizo. Del quiosco de Córdoba donde Anguita me dio el carné del Partido... Me han pasado muchas cosas en Andalucía y ninguna de ellas, según creo, tiene nada que ver con la patria andaluza... Me gustaría ser andaluz a tiempo completo, para poder gritar: "¡Viva Andalucía, libre y nazarita, abajo los bárbaros del norte!", pero las patrias cuestan demasiado, disimulan demasiadas vilezas y no sirven, por lo general, para nada bueno

sábado, 25 de febrero de 2017

El cazador

El poeta Petrarca
CUANDO todavía no se había inventado el lenguaje oral los seres humanos mataban. La invención del lenguaje disparó la natalidad, permitió la transmisión de las técnicas agrícolas y cazadoras, la propagación del fuego, de los asados y el perfeccionamiento en la fabricación de armas de guerra. Los hombres siguieron matando. El descubrimiento de la escritura aparece relacionado con la necesidad de llevar la contabilidad en los almacenes de grano de Mesopotamia. Pronto, la escritura se convirtió en una herramienta de pago y emitió en cerrado hasta el descubrimiento de la imprenta, que bajó el precio de las suscripciones, liberalizó algunos canales y se comenzó a emitir en abierto. Pero los hombres, escritores y lectores, no dejaron de matar. En Alemania, a finales del XIX, el analfabetismo casi no existía. Ni en Rusia, después de la revolución, ni en EEUU, pero a lo largo del siglo XX, se siguió matando, cada vez de manera menos selectiva, más indiscriminada. Con la misma eficacia salvaje con que el Dios de la Biblia borraba del mapa a los enemigos de Israel. En Segovia, un hombre que leía mucho, adoraba a Platón y oía música clásica, asesinó hace dos años a su mujer y a su hijo. El leer, en el imaginario de la gente, es actividad pacífica, contraria a toda violencia, pero esto es sólo un espejismo. Si estadísticamente se mata mucho menos mientras se lee o se escribe es porque no resulta fácil disparar y leer al mismo tiempo. El escribir produce placeres muy parecidos a los de la caza o de la guerra. Y es menos lesivo. Compites con otros cazadores a ver quién lo hace mejor, quien cobra la pieza más distante o esquiva. Un soneto, una novela, un aforismo. Un post. Entre cazadores el prestigio se alcanza cuando uno ha puesto sobre la mesa la pieza más preciada. Ese es también el juego de los poetas. Antes del verso perfecto o del elefante botsuano ni el cazador ni el escritor son nada. Y si luego aparecen con un ripio infame o con una gallineta esmirriada, de nada servirán los éxitos precedentes. Aunque hay escritores que solicitan el premio antes de haber aportado la pieza y que no nos dejan rendirnos ante lo que escriben porque lo primero que nos dicen, desde las solapas de sus libros, es que ellos, aunque no escribieran ni una letra, ya serían excelentes. Enumeran sus virtudes, sus premios, sus publicaciones. Aluden al reconocimiento del público… Como el Amado del poema de San Juan de la Cruz, están seguros de dejar a todo el mundo prendado de su hermosura, con sola su figura. Su mundo es anterior al de la escritura. Son seres preglóticos. Desubicados.