jueves, 23 de febrero de 2017

¿No toca?

Mientras mi podólogo me atiende con la profesionalidad y destreza habituales, me informa con detalle de cómo ve una familia de tres hijos el asunto de los deberes y de las notas. Me cuenta que las actividades que, su mujer y él, les organizan a los hijos,  como el baile o los deportes, pretenden introducir un poco de orden en el caos de la vida; que son actividades que tienen que ver con el ritmo y que ambas, gimnasia y baile, contribuyen a iniciarlos en la organización y el orden. El profesor le ha puesto a su hijo de 8 años un 3,5 en un examen sobre el cuerpo humano. El chico está muy contrariado con la mala nota. Es inteligente y reflexivo. La pregunta que le hizo el maestro, según el chico, tenía al menos diez respuestas posibles, pese a ser de esas de “verdadero o falso”. A algunos alumnos las preguntas mal formuladas les resultan turbadoras y los bloquean para contestar a las restantes del examen. En épocas de colapso total de la convivencia, preguntar es inútil, aunque la pregunta sea muy clara: Muriéndose de sed, un prisionero en un campo de exterminio nazi miraba cómo su torturador derramaba lentamente en el suelo un vaso de agua fresca. «¿Por qué haces eso?» El verdugo replicó: «Aquí no existen los porqués». Respuesta que, en opinión del profesor George Steiner, expresa con una concisión y lucidez diabólicas el divorcio entre la humanidad y el lenguaje, entre la razón y la sintaxis, entre el diálogo y la esperanza. Hablar y escribir llegó a ser, en entonces, una expresión del absurdo y del desastre. No quedó, stric­to sensu, nada que decir. 
Mi relación con las preguntas es traumática. Redacté un libro de texto para alumnos de 8º EGB y no me corté un pelo. Miles de preguntas salieron de mi pluma, un poco atolondradamente. El castigo no tardó en llegar. Bruño, editora del libro, me solicitó un  Solucionario para los maestros que daban la asignatura. Entonces comprobé que muchas de las preguntas que había formulado a chicos de 14 años,  ni yo mismo, el autor, podía contestarlas fácilmente y que algunas no había manera de responderlas, por lo confusas o enrevesadas.  No pude decirle a los editores lo que suelen contestar hoy en día los ocupantes de cargos públicos, que viven de los que les paga el contribuyente, cuando se les pregunta por su trabajo. Por mi parte, no tuve más remedio que plegarme a las justas exigencias de la editorial y contestar a todas las preguntas. Eran los años 80, todavía no se habían inventado ni las posverdades –que es como se llaman ahora las mentiras de toda la vida- ni el plasma detrás del que se refugiaba Rajoy en las ruedas de prensa ni el ordinario e irresponsable “no toca” de tanto político.  ¿Estamos a un paso de que, cuando le preguntemos a esta gente por el porqué de las cosas, nos contesten también: “Aquí no existen los porqués”? Inquietante pregunta.


domingo, 19 de febrero de 2017

Jesús Candel y Susana Díaz no son fascistas.


Con cierta ligereza se usa la palabra fascismo para aplicarla a fenómenos actuales que no tienen mucho que ver con el fascismo: No creo que Jesús Candel sea fascista (como le ha llamado alguno), ni que vivamos "en fascismo". Ese fenómeno histórico nació en su momento y cumplió las tareas que le "encomendó" el capital, para aplacar con engañifas y muerte las ansias liberadoras de los trabajadores que fijaban su vista en países empeñados con acabar con el antiguo régimen y en hacer la revolución. Vivimos en otra época y en otra situación, no menos peligrosa, para la gente de a pie. Los sindicatos, los partidos, la democracia "que nos dimos", se han venido abajo arrastrados por la corrupción y la codicia de los partidos y la instalación cómoda de los sindicatos en las moquetas de las subvenciones y en las poltronas de las migajas de poder que les conceden los que tienen el dinero y sus servidores y pretendientes. Los políticos. De ahí surgen los modernos populismos -designación también inapropiada- y sus líderes, Susanas Díaz, Candel... Y los que ustedes quieran añadir. Y si la democracia ha muerto, cualquier discurso salvífico es posible. Sin compromiso, sin seriedad, lleno de promesas que no se cumplirán...Hay que esforzarse para encontrarle un nombre a lo que está pasando. Y dejemos ya de disparar "fascismo" contra todo lo que se mueve. Y que se mueve y puja por la incompetencia absoluta del "sistema" para resolver los problemas que tienen las criaturas del Señor (como dirían el piadoso Candel o la Rociera Susana Díaz, me refiero a lo de "criaturas". Término creacionista dónde los haya).

viernes, 17 de febrero de 2017

Al Centro Nevada, volando voy



Esperanza Aguirre viviera en Granada y quisiera llevar a una amiga enferma a las Urgencias del PTS o comprar en el Centro Nevada unas esterillas que se ponen en los senos del fregadero para que no salpique el agua, lo tendría mucho más difícil que aparcar en la Gran Vía madrileña. Parece que le gusta hacerlo en zona prohibida, en el carril bus, cerca de la Plaza del Callao. Salió por la tele confesándolo entre risas, el martes. Hasta ahora no tenía yo en contra de Esperanza Aguirre nada en especial. El espécimen "chulo", se da, por desgracia, tanto entre hombres como entre mujeres. Me he defendido siempre de ellos echando mano de cierto retorcimiento lingüístico. Aunque, de entrada, los chulos no se paran en palabritas y, si los molestas, suelen recurrir directamente a la artillería. Que yo recuerde, sólo me ha pegado un chulo de éstos una vez, debajo del puente del barranco del Arco, en Cenes, por donde pasaba la Carretera de la Sierra y la acequia del Cadí, que traía el agua transparente; cuando yo iba a las escuelas Dolores Romero Pozo de ese pueblo. En pleno invierno, en el recreo, nos dedicábamos los niños a chupar los carámbanos de hielo -"chupones", les llamábamos- que se formaban debajo su cauce. Le quité uno al capacobardes local y me llevé una bofetada. Esperanza Aguirre, hasta ahora, no me había producido un daño irreparable. Pero últimamente le da por aparcar en el carril bus de la Plaza del Callao y he notado que, desde que invade el carril del autobús, no saben igual los sándwiches de Rodilla, la famosa bocadillería madrileña que tiene tienda abierta en esa plaza desde el 39. Y lo insoportable es que el sabor de ahora, industrial y apelmazado, lo comparten los sándwiches que esa empresa vende por toda España. Acabo de arriesgar mi vida para llegar al Centro Nevada en bicicleta. No hay manera de encontrar un camino para viandantes o ciclistas. Al final, sorteando coches y motos, atravesando autovías y ramales, he conseguido llegar a este "emporio comercial". Absolutamente desproporcionado para las necesidades de Granada. Que obligará a cerrar a más comercios pequeños. Con avenidas tan amplias e inútiles como las del PTS, pero con unas vistas a la Sierra, prodigiosas. Pensaba desquitarme en el Rodilla del Centro de los peligros de la ruta, comiéndome uno de sus emblemáticos sándwiches de ensaladilla rusa pero comprobé que no saben como los que yo tomaba a finales de los sesenta en el establecimiento madre, en Madrid, en la Plaza del Callao. Seguramente es una sandez relacionar el sabor de unos emparedados con las infracciones de tráfico de Aguirre, tan estúpido como pretender, como ella hace, que no se la relacione con los tejemanejes de la trama Gürtel. Porque la política se ha convertido en el arte de emborronar la delicada, pero ineluctable, relación entre las causas y sus efectos. Y los demás copiamos.

sábado, 11 de febrero de 2017

¿Quién le compra los vestidos sexistas a las niñas?

Los expertos tachan de “violencia simbólica” los disfraces sexistas de niña. Fotos de niñas con disfraces sexistas: de superwoman para comerse el mundo y de novia para comerse -según Trento-, sin simbolismos de ningún género, a un hombre completo -a Cristo- en la primera comunión.

jueves, 9 de febrero de 2017

La primera dama y el matón

Ángela Davis, feminista negra

Las mujeres liberadoras fueron negras con los negros, esclavas con los esclavos, sufragistas con los sin voto, revolucionarias con los proletarios, en fin, que lucharon siempre a favor de los oprimidos, por considerase ellas, también, oprimidas. Doblemente oprimidas, como mujeres y como trabajadoras, sobre todo, tras su incorporación al trabajo industrial. Aherrojadas como mujeres y como proletarias. Como siempre, para simplificar, aparece en escena el dragón del dualismo. El principio del bien, lo femenino, y el principio del mal, lo masculino. En lucha irrenunciable hasta la derrota definitiva de lo masculino. En la guerra no caben los matices. Todos los machos, malos, todas las hembras -incluidas Melania Trump y Ana Patricia Botín-, las buenas. Pero cuando se viven largos periodos de paz (aunque sólo sea aparente, porque todos los días un asesino nos recuerda que hay todavía orangutanes que matan para obtener y conservar hembras y que las matan por creerlas suyas, sobre todo, si piensan que se les están subiendo a las barbas), podría trabajarse en acercar posturas, en desterrar ideas ancestrales de posesión y dominio, en esforzarse para que, pese a la desigualdad radical en la que vivimos por culpa de los gobernantes, de los banqueros, de los intermediarios, de los amiguitos del alma, de los especuladores, del clientelismo partidario, y de otros males, se fuera instaurando entre hombres y mujeres una auténtica igualdad ante las leyes, en el trabajo, en la crianza de los hijos. Incluso para que la sociedad se oriente (¡qué utopía!) hacia una humanidad de cuidadores, en las que todos nos hiciéramos responsables de todos. Y no sólo los hospicios, las urgencias y las residencias de ancianos. Desde luego no va a ser Trump el que ayude; su enfermizo complejo de inferioridad, que arrastra desde la infancia, convierte ahora mismo al mundo en el patio del colegio donde el matón golpea constantemente al débil, para afirmarse sobre el dolor y la humillación de los otros. He visto pancartas en las manifestaciones de las mujeres contra este peligroso espécimen aupado al poder por el voto de 62 millones de norteamericanos, en las que se compadecen de Melania, su mujer y en las que se duelen de lo que debe de estar sufriendo. Esto es un resto de la ideología de la lucha de clases que impregnó al feminismo después de la Revolución Rusa de 1917: el proletariado acabaría con la burguesía y las mujeres con el patriarcado. Melania no tiene nada que ver con la mujer española, parada, que saca adelante a su familia con los 400 euros de los subsidios sociales. Harto estoy de los lamentos que leo sobre lo mal que trata Trump a su esposa y me enojan las muestras de solidaridad que recibe de muchas mujeres: ¡hasta dos feos le ha hecho Trump en público! Estoy convencido de que esta mujer tiene alguna responsabilidad por haber elegido a este hombre como compañero. Les aseguro que lo que le pueda pasar, me resulta absolutamente indiferente.

martes, 7 de febrero de 2017

Spiriman, en su laberinto

Del merchandising de fray Leopoldo, por si...
Uno de los adoradores de Spiriman acaba de colgar otro de sus vídeos. Acojonante la denuncia de lo que está pasando en Urgencias. Estamos vendidos: la Sanidad Pública en vías de desaparecer, puesto que no se puede atender a los que necesitan cuidados urgentes. En La Rambla, don Manuel, el médico del pueblo, me salvó la vida, que yo recuerde, en tres ocasiones. 1." Estando yo ahogándome", como diría Spiriman, a causa de mi alergia al polen del olivo, se personó de inmediato en mi casa -él no se movía del pueblo-, me inyectó un urbasón y ¡a respirar! 2. "Viniendo yo" - como diría Spiriman al que le gustan mucho los gerundios mayestáticos- de Galicia, me dio una "infersión" terrible. Conseguí llegar a la Rambla vivo. Don Manuel, se personó en mi casa, de inmediato, me diagnosticó unas paratíficas, y en 15 días salí, malparado, eso sí, de la enfermedad. 3. "Estando yo" -como diría Spirimán, al que le gusta más un "yo" que al que esto escribe- convocando a los camaradas, de casa en casa, montado en mi lambretta, 125, blanca, de segunda mano, que le había comprado al "Barriguita", para que se apresuraran a tomar el autobús que nos llevaría al primer mitín legal del PCE , eurocomunista, en Córdoba, con Carrillo, Ernesto Caballero,Basilisa Ranchal, Anguita y otros camaradas de oradores, me picó una avispa en el labio y se me puso la cara más hinchada y dura de lo que la suelo tener. Fui a casa de don Manuel Peñín, el médico, me puso un urbasón, y pude gritar con mis camaradas, en el autobús que nos llevaba a la plaza de toros de Córdoba: "¡Viva el Comunismo libertario!" y cantar "Somos los hijos de Lenin, /y a vuestro régimen feroz / el comunismo ha de abatir / con el martillo y con la hoz". Magnífica la labor de Spiriman, el Peñín de las Urgencias granadinas. Sólo un inconveniente. Le sucede como a algunos buenos escritores que quieren que los adoren, nada más llegar a donde están sus lectores entregados, aunque todavía no hayan escrito el libro definitivo que los "consagre". Se consideran más importantes que sus propias obras. Quieren provocar pasmo y adoración con sola su figura, como el Amado del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz. Dejarnos a todos prendados de la hermosura de su "yo", antes de haber puesto en fuga, definitivamente al maligno.

jueves, 2 de febrero de 2017

La primera comunión de Trump

Muros cercanos
En tiempos de la Autarquía – esa etapa de onanismo y enclaustramiento nacional que vivió España después de la Guerra Civil-, los progresistas solían decir que la burricie, el matonismo, la chulería, el fanatismo y la collejería se quitaban viajando. Dándose una vuelta por el mundo. Hoy estamos todos muy viajados y persiste entre nosotros alguno de aquellos vicios. Los estadounidenses, los guineanos y otras gentes de muchos países padecen igual ensimismamiento. Para romper esta burbuja dentro de la que vivimos no hace falta viajar mucho, basta con mirar a nuestro alrededor y comparar con lo que vemos por la tele. No hay muchas diferencias entre la ceremonia de la toma de posesión de Trump y  la ceremonia de cualquier primera comunión de una aldea española. Los Padres fundadores, Franklin, la quinta enmienda, El ala oeste de la Casa Blanca, la peli Matar a un ruiseñor, los derechos del detenido, nos hablan de una sociedad ordenada, normalizada, respetuosa con los derechos individuales. Organizada, nada caótica. Como cualquier ceremonia de primera comunión. Si nos fijamos, sobre todo, en los personajes que acompañan a los niños en el presbiterio -el sacerdote, los monaguillos, los catequistas- o en los que cantan en el coro el Pange lingua, advertiremos el esfuerzo que han realizado todos ellos para que el acto más importante de la liturgia católica resulte decoroso. Porque nos asusta el caos. Y sobre los instintos básicos, sobre la lucha por la vida, sobre la necesidad de alimentarse y de procrear, contra viento y marea, que lleva al ser humano a hacerse con cada pedazo de alimento o con cada hembra o con cada varón, a dentelladas, para que la especie no muera, las religiones, las instituciones, esparcen telarañas de orden, de normas, de “pase usted primero”. De mandamientos y leyes. Pero entre el público, se encuentran personas, a las que el hambre y la necesidad expulsaron de su tierra. O el niño chulo, que  luego terminará siendo un matón, necesitado, de aceptación y de valoración; que han venido a la ceremonia del traspaso de poderes o de la Eucaristía, a buscar recompensas, reconocimiento, atención. A que se sepa que su lucha no ha sido inútil. Ellos utilizan el teatro que les suministra una iglesia rebosante de normas y liturgias o el proscenio del juramento presidencial para decirle al mundo de los otros fieles o de los asistentes a la toma de posesión, quiénes son ellos. Unos, humildes, pacíficos y orgullosos,  luciendo trajes lujosos de buen paño, vestidos escotados, transparentes, ajustados, mientras se acercan a comulgar con sus hijos. Después, vuelven a sus asientos con caras festivas, como si se desentendiesen del misterio abismal en el que acaban de sumergirse. Otros, como Trump -nieto, hijo y marido de inmigrantes-, ese niño desvalido, ególatra y excesivo, peligroso por el poder que ha obtenido en las urnas; necesitado del acatamiento universal, señalando con su dedo al mundo y diciéndole: “América primero”. O sea. “yo, el primero, entre todos los hombres”.