viernes, 22 de septiembre de 2017

La Guardia Civil trabaja para el "Sí"

J'acusse
Nunca, como ahora, este columnista percibe su impotencia, sobre todo si recuerda cómo el artículo de Émile Zola, J'accuse (1898), influyó en el proceso del capitán del ejército francés Alfred Dreyfus, acusado de alta traición. Nada de lo que diga este articulista servirá para parar el desastre catalán. No sé, ni siquiera, por qué escribo. Bueno, sí lo sé, porque he oído que este tipo de actividad retrasa la aparición del Alzheimer. Y entonces escribo por las mismas razones por las que me hago todos los días 10 kilómetros en bici o me tomo una hamburguesa (asquerosa) de brócoli, la berza que todo lo cura. Porque puedes avisar, con Bertolt Brecht, que "La guerra que vendrá / no es la primera. / Hubo otras guerras. / Al final de la última / hubo vencedores y vencidos. /Entre los vencidos, /el pueblo llano pasaba hambre. / Entre los vencedores / el pueblo llano la pasaba también". Que nadie se inquietará, al leerte. Y pasarán de la anotación con que acompañas el poema. En la que sugieres que, en la tesitura en que nos encontramos, antes de que alguien eche mano a la pistola, convendría recordar estos versos. Lo haces a la desesperada, convencido como estás, de que en España, lo que vienen siendo las derechas, creen que el Estado es suyo y toman de él las partes que quieren, cuando quieren, sin remordimientos. Y que, lo que vienen siendo las izquierdas, piensa que, contribuir al fortalecimiento del Estado opresor, es ampliar el hondón de la injusticia. Y se emplean en deconstruirlo, pieza a pieza, ahora con las técnicas suicidas de patio de colegio de la CUP o de Rufián. Lo que más me molesta de todo este asunto son los componentes mágicos y azarosos del proceso. Rufián decía no saber qué iba a pasar con el ejercito, si gana el referéndum; Puigdemont afirma que las pensiones de los catalanes, las pagará el Estado español. Anna Gabriel quiere, no sólo la independencia, también una república y que, además, sea feminista. Pero no ha calculado cuánto cuesta independizarse, cuánto fabricar una república y, si es barato o caro que sea feminista. Y Rajoy le hace la campaña al "sí" a la desconexión mandando a la Guardia Civil. Y todo esto en el mismo escenario donde, en 1992, las naciones del mundo, tras las olimpiadas, empezaron a considera que España no era una rareza. Termino. Como en la película "Mejor imposible" (1997), me entran ganas de vociferar algo parecido a lo que grita la novia del personaje trastornado que protagoniza Jack Nicholson: "Quiero un novio normal, que no esté loco", dice ella. Mi grito sería éste: "Quiero un referéndum pactado y con garantías, ¡normal!, y no este simulacro farragoso y trastabillado que nos está volviendo locos".

lunes, 18 de septiembre de 2017

La cagada de una mosca


La senda del orgasmo sideral
En marzo de 1997, en USA, se suicidó toda una comunidad de Davidianos porque el gurú les había enseñado una foto del cometa Hale-Bopp con una mancha en la cola. Se suicidaron coincidiendo con el paso del cometa cerca de la Tierra, porque se convencieron de que la mancha de su cola era una nave extraterrestre que los iba a llevar a "otros mundos" antes de que la Tierra saltara por los aires. La mancha resultó ser la cagada de una mosca en el negativo. Esto se supo después del suicidio colectivo. Las promesas de las religiones, de las utopías de salvación, de los nacionalismos místicos, terminan siendo cagadas de mosca. La infelicidad y la muerte las ha venido haciendo creíbles a lo largo de la Historia. Necesitamos ser eternos, necesitamos la justicia, la paz, la igualdad, tener cubiertas nuestras necesidades... Como necesitamos gurús y mesías, nos olvidamos una y otra vez de los desastres que en su nombre se han perpetrado.

jueves, 14 de septiembre de 2017

El Estado, mal que te pese, eres tú

Eliszka
Si quisiera echarme novia, nunca iría a Canal Sur. Hay formas más recatadas de socializar. Y no iría, sobre todo, para no hacerle el avío a la Junta que utiliza la televisión autonómica para hacerse propaganda y para dar a conocer una sedicente cultura local -los responsables del bodrio hablan de folclore- en la que los protagonistas (niños chistosos y cargantes, niñas vestidas -para disfrute de pedófilos emboscados- de actrices de revista cutre de los 40 o de sicalípticas bailarinas de bachata y jubilados en busca del amor de su vida) rellenan la parrilla de una televisión pública deficitaria, por un bocadillo y un refresco. Se le atribuye al rey Luis XIV la frase: "El Estado soy yo", ahora en España, con las autonomías a la greña, nos dicen todos los días que el Estado somos nosotros: "¡Sírvanse!". España es una gasolinera de noche, donde todo lo pone el cliente/contribuyente. Primero pagar, luego se encienden los números de precio y cantidad de litros; has de mancharte las manos de combustible, hacértelo todo. En las más consideradas, hay unos guantes y papel de celulosa para los que prefieren cogérsela con kleenex. Los impuestos sí se cobran; los organismos buitre tributarios son inclementes y, plausiblemente eficaces, cuando aciertan a hincarte el diente. Los servicios mínimos funcionan gracias a unos pocos expendedores. Y, sobre todo, a las familias (microestados, dentro del Macroestado español, paralizado y herrumbroso, empeñado, él y sus secuaces autonómicos, en emprender acciones catastróficas de despiste que desvíen la atención de su ineficacia y de sus corruptelas). Las familias, y la parte más sensata de la población, la que no se escaquea sistemáticamente de sus obligaciones, mantienen una cierta disciplina social que es la que pone cada mañana a funcionar a un país renqueante. No, para buscarme pareja -si es que todavía me atrevo a embarcarme en un proyecto de vida tan azaroso-, no iré a hacer el ridículo al programa de Juan y Medio, explicándole a mi novia, para cuando lo sea, cómo me gusta que me hagan el encebollado de higadillos de pollo. No quiero saber nada de Canal Sur. Si Susana Díaz quiere sedar a la población, que se estire y pague a los extras que le hacen los programas de su cadena con algo más que un bocadillo y un refresco. En lo que a mí respecta, me iré a Churriana de la Vega (Granada), a una discoteca transversal, la Lady Pepa, un parque temático del amor, que reúne los fines de semana a más de mil personas de distintas edades, credos, razas y condición social; donde, según me dicen, liga el niño, liga la niña, liga la viuda, el adolescente, la joven, el joven, la cuarentona separada y el sesentón solitario, en un ambiente distendido y selecto, sin riñas ni altercados, y sin darle un cuarto a ese pregonero de banalidades que es Juan y Medio. El Estado son ellos, que paguen.

jueves, 7 de septiembre de 2017

La insumisión de la militancia

Ondas
La militancia está alicaída. Incluso rebelde. A punto de declararse insumisa y de pedir la supresión del servicio obligatorio de militar a las órdenes de condestables, sargentos primeros -¡de los de "Sí, Señor!-, secretarios locales de los partidos, secretarios provinciales o nacionales o papas de Roma. En mi familia se daba mucho la insumisión de los fieles militantes cristianos. Y llegados a un punto de hartazgo, muchos de ellos se declaraban independientes de las autoridades religiosas locales o romanas y sólo admitían órdenes directas de la autoridad suprema, que, prudente y ocupada en otros rincones del Cosmos, no apareció nunca por mi casa para dar órdenes o tomarle la lección a nadie. En las corporaciones, sean una mutua de seguros o cualquier iglesia, te lo ponen muy fácil a la hora de entrar. Te atiborran de promesas y de bonus para que compres la entrada de acceso a un paraíso en sus diferentes formatos o un seguro a todo riesgo que cubrirá cualquier contingencia. Pero cuando estás dentro de un partido o acogido a un seguro, ya las cosas no son tan de color de rosa como te las plantearon al principio. El sistema más organizado de militancia y de los que mejor se conoce el funcionamiento, porque lleva 2000 años enrolando gente, el cristianismo, inventado por San Pablo, ofrecía a los militantes, a los cristianos que estén en gracia de dios, unos servicios extraordinarios que van de meter goles a disfrutar de un asiento en primera línea de la playa celestial. San Pablo, un genio de las comunicaciones y del marketing, lo llamó CMC (Cuerpo místico de Cristo). Luego cuando la cosa no funcionaba y se te moría reventado el mulo en el bancal o ganaba el equipo contrario, te daban unas explicaciones muy complicadas de por qué Dios permite el mal en el mundo. Los partidos también han prometido el oro y el moro a sus militantes. La igualdad, la libertad, la fraternidad, la desaparición de las clases sociales, el estado del bienestar, sanidad para todos; escuela, vivienda y justicia cabal. Pero como las ondas que provoca una piedra arrojada en un estanque que, primero, son altas y poderosas y, conforme se alejan del centro, se hacen débiles e imperceptibles, los bienes de que han disfrutado los dirigentes de los partidos y sus familiares y amigos, conforme se alejaban del centro del poder, iban debilitándose o desapareciendo. Y la militancia se está hartando y denunciando públicamente el incumplimiento de las grandes promesas. Despolitizándose y echándose en brazos de los instintos básicos, amar y descabezar langostinos de Sanlúcar antes de engullirlos.

jueves, 31 de agosto de 2017

Patria de proximidad

Como los pasteles de los López, ningunos
Para mí, el 12 de Octubre, día de la Fiesta Nacional, es un día triste porque es el día en que cierran Los Italianos. Soy muy básico. Ayer me llevé un mal rato al pasar por la Calle Reyes Católicos y ver que Los López-Mezquita estaban en obras. En abril, mi abuela, recogía los primeros dineros contantes y sonantes de la temporada gracias a la venta de las cerezas tempranas de Cenes. Se vendían estupendamente en la corrida del bar de Paco. Para entonces nos habíamos quedado, en los años 60, sin cash-flow: habíamos consumido la matanza, nos habíamos comido los melones colgados del techo del granero y los caquis. Pero las cerezas salvadoras del Zargal, la finca de mi abuela, nos sacaban de la crisis, a nivel microeconómico. Y allí iba doña Dolores, vestida  de luto, desde que perdió a su marido, con 22 años y dos hijos, en el tranvía de la Sierra y compraba chacinas en Brieva, una tienda de  ultramarinos que había junto a la barbería donde se pelaban mi padre y Lorca, en la Acera del Darro. Luego se pasaba por los López-Mezquita, donde adquiría los deliciosos bizcochos de soletilla de la casa y una caja de pasteles surtidos. Y, cuando nos los estábamos comiendo, exclamaba ritualmente: “¡Cómo los pasteles de los López, ningunos!”. Me gustaría que la patria me hiciera sentir mariposas en el estómago, pero nunca me han entusiasmado las grandes posverdades, como las llaman ahora. Soy un patriota de proximidad, sólo aprecio y valoro lo que puedo tocar, lo que puedo ver, lo que me roza la piel. Ha muerto demasiada gente a cuenta de las patrias y de las religiones y de las grandes promesas y de las grandes máscaras y tapaderas de la suciedad y la vileza. Ahora sólo creo en los tomates y los pepinos y las ciruelas y el pimiento rojo y la berenjena tersa que me vende Salvador, un vendedor ambulante, tierno y curioso, que hizo la primera comunión conmigo en la escuelas del Avemaría de la Avenida de Cervantes y que todavía recuerda con emoción la onza de chocolate y el bollo de leche que nos regalaron ese día a los primeros comulgantes. Insensibles para el tremendo misterios que nos acababa de pasar (nada más y nada menos que comernos todo un dios), pero muy sensibles a una onza de chocolate, tan harinosa que nos producía dentera morderla, pero nada habitual en la dieta de un niño del año 1953. También recuerda Salvador que le tocó una lata de sardinas con el número 17 y cómo suele meter en los ciegos a ese número, sin suerte. En el patio del colegio había un mapa de España de obra, con sus mares y sus montañas. En un pispás estábamos en Madrid, sin necesidad de tren, y en Barcelona, en tres zancadas. No creo que a Salvador le importe un pito el esperpento catalán. Sí le gustaría, como a mí, volver al patio del colegio para recorrer aquella patria abarcable y eterna del mapa de nuestra infancia.

martes, 29 de agosto de 2017

Los mártires no se compran por eBay


El patronazgo de Sant Jordi, en peligro
“Un muerto salvaría a Cataluña”, afirma en un artículo que le ha costado ser despedido de La Vanguardia, el periodista Gregorio Morán. Un muerto, un mártir, de los suyos. Resulta engorroso que los mártires no los vendan por Amazón sin gastos de envío y que haya que currárselos ocupando edificios o levantando barricadas. Insto a que los independentistas cambien, en el documento de últimas voluntades, la inhumación o la cremación por la degustación antropofágica. Y así se ahorran sus familias el gasto del entierro o la cremación. La falta absoluta de humanidad con la que han consumido a las 16 víctimas del atentado terrorista de Barcelona, que no les tocaban nada, augura un banquete épico, si cae alguno de los suyos en la batalla cruenta que, según Morán, no descartan sectores independentistas. De los mártires, ya lo sabemos, se aprovechan hasta los huesos. Huesos de santo. La futura República de Catalunya tendrá así patrón y valedor. He visto a devotos granadinos pasar su declaración de la renta, defraudatoria acaso, por la lápida de la tumba de Fray Leopoldo. Los ladrones del 3 % conseguirán la amnistía de sus delitos con sólo encenderle una vela a su patrono.

sábado, 26 de agosto de 2017

Matar de cerca


GOOGLE-PLUS
Combate singular
Los terroristas suicidas dejan en ridículo a la propia industria armamentística, a las armas más sofisticadas, a los drones y a cualquier otro sistema de destrucción masiva controlada desde lejos. E, incluso, a la misma infantería que no se atreve a bajarse del avión o del portaaviones. Es decir, el EI ISIS, los malos, disponen hoy de una herramienta de combate muy sofisticada que ha llevado millones de años poner a punto, los suicidas. A veces, el ser humano, este producto precioso y raro, ha sido bien utilizado y ha descubierto vacunas, remedios contra el dolor y la enfermedad. La piedad, la compasión, la caridad, el respeto a la vida ajena, los derechos humanos, el cuidado a los desvalidos, los medios de transporte, las comunicaciones, la Wikipedia, los guantes de látex, la higiene, el bien mirar, el buen amar, la tortilla de patatas, el arroz caldoso, la amabilidad, la cortesía, el derecho de asilo. Los besos. Las caricias. Pero esta sorprendente máquina que es el homo sapiens, también tiene miedo y hambre y un impulso ciego para reproducirse y pervivir en esa carrera de relevos genéticos que es la vida de la especie sobre este extraño pedrusco cósmico, florecido y redondo, que nos alberga. La historia de la humanidad no es nada edificante. Nos informa de los millones de hombre y mujeres que han muerto luchando por alimentos y por poder reproducirse en las mejores condiciones posibles. También sabemos cómo se han ido fabricando armas cada vez más eficaces para acabar con el enemigo desde lejos y sin sufrir daño. El fuego que permitía quemar aldeas completas, sólo con lanzar una tea sobre los techos de paja de las viviendas del enemigo. Lanzas larguísimas, venenos para las aguas potables, las catapultas y por fin el arma más eficaz que imaginarse pueda: el arco y sus variantes. Que permitieron a los contendientes matarse masivamente, si se era hábil, sin verse las caras. Luego la pólvora, los arcabuces, las espingardas, las escopetas, los fusiles, los cañones, los morteros, los aviones, los misiles que permiten a un presidente coreano amenazar a un presidente norteamericano, ambos seres llegados de otro planeta, el de los locos de poder, con asolar su país apretando sólo un botón de la casaca del jefe de estado mayor. El combate singular se inventó para que dos campeones, incluso los mismos reyes, lucharan sin implicar a la población. Las armas de destrucción masiva, para que dos líderes incompetentes y enfermos de ambición, pudieran acabar con poblaciones enteras sin sufrir rasguño alguno. Y en esto, llegan los suicidas e instauran de nuevo el combate cuerpo a cuerpo. De nuevo, los contendientes mirándose a la cara antes de asestarse el golpe definitivo. En estos enfrentamientos, el que sale con ganas de morir, tiene toda la ventaja.