lunes, 14 de mayo de 2018

Nunca supe si Celestina era una dulce niña o una verdadera burra.

De "Diario.es"

Hay que estar atentos, como recomienda el apóstol San Pablo, porque el demonio, como león rugiente, da vueltas a nuestro alrededor, buscando la ocasión de devorarnos. Pero mientras ese momento llega habría que hacerle llegar a la profesora ecofeminista Angélica Velasco, que relaciona la violencia machista y el maltrato animal, el poema de Alberti por si quiere integrarlo en alguna de sus presentaciones de Power Point. De mí sé decir que de niño andaba muy enamorado de mi burra Celestina. Y de alberti, que en su "Época vegana" compuso el poema "Buster Keaton busca por el bosque a su novia, que es una verdadera vaca"(1929), del que transcribo a continuación un fragmento que nos ofrece a Keaton sumido en la duda de si su novia -Georgina- es una dulce niña o una verdadera vaca. 
[...] ¿Eres una dulce niña o una verdadera vaca?

Mi corazón siempre me dijo que eras una verdadera vaca.
Tu papa, que eras una dulce niña.
Mi corazón, que eras una verdadera vaca.
Una dulce niña.
Una verdadera vaca.
Una niña
Una vaca.
¿Una niña o una vaca?
O ¿una niña y una vaca?
Yo nunca supe nada.
Adios, Georgina.
(¡Pum!)

jueves, 10 de mayo de 2018

Pobres pero honrados

Burgueses de  Siena
No sé en qué prontuario marxista o en qué manual de historia social de la Literatura leí que el viejo honor caballeresco y feudal tuvo que hacer sitio, en plena Edad Media, a una nueva virtù -a un valor nuevo- la onestà burguesa, el honor del mercader, que venía a competir con la nobleza de sangre, la nobilitas aristocrática. Y que fue en la Italia bajomedieval, con su mosaico de florecientes repúblicas y señorías urbanas, donde comienza a construirse e implantarse este nuevo concepto, estrictamente laico, asentado sobre el poder que otorga el dinero, frente al que, en el antiguo régimen, confería la sangre y la Iglesia. La honestidad, regirá las relaciones de comerciantes, artesanos libres y personas no sometidas a la jurisdicción señorial. Alguna de sus reglas: respeto a la palabra dada, pago puntual de las mercancías, usura prudente, respetar a las mujeres casadas para no liar las herencias ni meter en casa genes callejeros… No me extenderé en esto, que ya lo hizo W. Shakespeare en El mercader de Venecia, y para que me voy a meter en camisa de once varas. Sí conviene decir que esta virtud de burgueses y comerciantes adinerados, después, se convirtió en un modelo para los pobres, que no tenían nada que vender ni nada que comprar ni genes que blindar. Marx y Engels lo explicaron así: "Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante". ¿De qué les sirve a los pobres ser honestos como buenos burgueses? Más bien les perjudica. Tendrían que ser radicalmente deshonestos con los ricos, con los explotadores. Y dirán ustedes, y con razón, ¿y a qué viene este coñazo mañanero? Pues porque los últimos sondeos del CIS me han llevado a hacerme esta pregunta en mi fuero interno -que es donde uno se hace las preguntas-: ¿cómo seguimos votando a partidos que nos roban sistemáticamente? Y es que la apropiación indebida de dinero público se ha convertido en la virtù de nuestros gerifaltes. Y a nosotros, como muy bien explicaron Marx y Engels, los que nos roban y nos dominan, han terminado por meternos en la cabeza que lo que nos conviene es que nos sigan robando. Y que deberíamos imitarlos, aunque carezcamos para hacerlo de las ganzúas que a ellos les sobran.

lunes, 7 de mayo de 2018

¿Memoria Histórica? ¿Memoria Futura?

Y yo me pregunto _en mi interior, que es donde uno se pregunta estas cosas_ ¿hay alguna memoria que no sea histórica, que no se refiera a un "relato" (como se dice ahora) de hechos que pasaron? ¿Hay memoria futura, de hechos que todavía no han sucedido? ¿Existió el feminismo en el siglo XV, o es un fenómeno más reciente? ¿Podemos llamar "feminista", como han hecho algunos críticos, al debate que mantienen Torrellas y Brazaida, abogado, el primero, de Grisel, y abogada, la segunda, de Mirabella, en una novela sentimental del siglo XV? Pese a que se oiga en boca de Brazaida algo tan moderno como que son los hombres los que hacen las leyes y también los que las aplican (son juez y parte). ¿La novelista del XVII María de Zayas escribe sus relatos desde una perspectiva de género, como si hubiera asistido a alguna tertulia con Zapatero? A veces estamos tan llenos de razones que nos olvidamos de que el lenguaje debe ser preciso si queremos convencer a alguien y que nos tomen en serio.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Las cremas, mejor caseras

Aquí tiene la receta
No robe cremas en el supermercado, hágaselas usted mismo. Empiece con la más fácil, la de calabacín. (Consejo Thermomix).

sábado, 28 de abril de 2018

Quevedo, las mujeres y las leyes

"Tiranos, ¿por cuál razón (siendo las mujeres de las dos partes del género humano la una, que constituye mitad) habéis hecho vosotros solos las leyes contra ellas, sin su consentimiento, a vuestro albedrío? Vosotros nos priváis de los estudios, por invidia de que os excederemos; de las armas, por temor de que seréis vencimiento de nuestro enojo los que lo sois de nuestra risa. Habéisos constituído por árbitros de la paz y de la guerra, y nosotras padecemos vuestros delirios. El adulterio en nosotras es delito de muerte, y en vosotros, entretenimiento  de la vida. Queréisnos buenas para ser malos, honestas para ser distraídos. No hay sentido nuestro que por vosotros no esté encarcelado; tenéis con grillos nuestros pasos con llave nuestros ojos; si miramos, decís que somos desenvueltas; si somos miradas, peligrosas, y, al fin con achaque de honestidad, nos condenáis a privación de potencias y sentidos. Barbonazos, vuestra desconfianza, no nuestra flaqueza, las más veces nos persuade contra vosotros lo propio que cauteláis en nosotras. Más son las que hacéis malas que las que lo son. Menguados, si todos sois contra nosotras privaciones, fuerza es que nos hagáis todas apetitos contra vosotros. Infinitas entran en vuestro poder buenas, a quien forzáis a ser malas, y ninguna entra tan mala a quien los más de vosotros no hagan peor. Toda vuestra severidad se funda en lo frondoso y opaco de vuestras caras, y el que peina por barba más lomo de jabalí, presume más suficiencia como si el solar del seso fuera la pelambre prolongada de quien antes se prueba de cola que de juicio. Hoy es día en que se ha de enmendar esto, o con darnos parte en los estudios y puestos de gobierno, o con oírnos y desagraviarnos de las leyes establecidas, instituyendo algunas en nuestro favor y derogando otras que nos son perjudiciales".


Don Francisco de Quevedo: "LA FORTUNA CON SESO Y LA HORA DE TODOS"


jueves, 26 de abril de 2018

El fireware de la ignorancia

A mí no me preguntes...
En los estudios sobre los animales sociales, como los lobos, el término "alfa" designa al individuo con mayor rango en la comunidad, a quien los otros siguen. Al Rajoy, el espécimen español que acaba de inmolar a Cifuentes, quizá fuera más preciso llamarlo "macho alfalfa", que es aquel que niega la pastura a sus adversarios; y a los suyos, se la da o se la quita, según le conviene. Sucede que los machos alfalfa -hay también hembras alfalfa, como Susana Díaz o Carme Forcadell- protegen a sus capataces, poniendo en peligro, incluso, a la propia manada. ¿Por qué? Porque los segundones actúan como gaviones, que es como se llamaban en mi pueblo a los muros de contención fabricados con piedras muy pesadas, y encorsetadas en poderosas mallas de alambre, que se ponían en los lugares por los que podía entrar el río Genil e invadir los sembrados y arrastrar las tierras feraces de la Vega. A veces, las aguas del río bajaban tan bravas que arramblaban con todo. Las turbulentas aguas de la corrupción están dejando al Partido Popular sin tierra fértil en la que sembrar sus vanas promesas y al país, cada vez más pobre e indignado. Pero el macho alfalfa resiste. Argumenta, tras cada riada, que él no sabía nada de lo que hacían sus manigeros. Y se los echa a la manada para que los destrocen. Alguien sostenía, delante del escritor Francisco Ayala, que la mayoría de los intelectuales alemanes no se habían enterado del Holocausto. Ayala, después de oírlo con atención, pronunció una sola palabra: "Todos". Cuando oigo a Rajoy, u a otros presidentes o secretarios generales de los partidos, afirmar que no sabían nada de cómo llegaban los dineros a sus formaciones ni de cómo se gastaban ni del trapicheo y la mierda en que ha degenerado la financiación de los partidos, digo como Ayala: "Todos" lo sabían y lo saben. Son los primeros en saberlo. Ese es el 'pacto-cortafuegos', establecido para la supervivencia de los partidos y que los responsables últimos conocen mejor que nadie y sellan los primeros. Consiste en que, cuando se hunde el Tititanic, siempre hay una barcaza preparada para que el capitán se salve e ice la bandera de la regeneración. La barca salvavidas se llama Ignorancia. La última arrojada a los tiburones: Cifuentes, la política que, como no se corrompió, ha tenido que robar unas cremas para sobrevivir.

martes, 24 de abril de 2018

El marido de la escritora (folletín del 36)

Revista Lecturas, diciembre 1936

ESCENARIO: elegante gabinete-tocador de una dama. Lujo, confort, buen gusto. La dama, ante  un espejo que refleja entera su esbelta figura, se contempla satisfecha. Es rubia auténtica y contrastando con el oro brillante de su cabellera, de rizos cortos, artísticamente peinada, los ojos negrísimos, rasgados, pasionales, ojos de gitana o zahorí, resaltan sobre la blancura mate de su tez de seda, bajo la curva elegante de las cejas y la sombra romántica de las pestañas obscuras. La boca, sin ser pequeña, es de rasgos estéticos, y los labios muestran un discreto retoque rojo.
Un traje de noche, de terciopelo color vino de Burdeos, se ajusta a sus caderas modelando sus formas esculturales. Ampliándose hacia las rodillas, cae en artísticos pliegues hasta la alfombra. El cuerpo se reduce a la más mínima expresión. Costados, espaldas, hombros y brazos, quedan completamente desnudos; por delante, la tela cubre todo el pecho dejando un pequeño escote; vista de frente, parece vestida; vista de espaldas, sólo una cadena de plata une la tela del delantero con la cintura pasando por los hombros. Pendientes de rubíes son las únicas joyas que completan la toaleta.
Unos discretos golpes dados en la puerta la distraen de su muda contemplación.
—¡Adelante!— dice, y otro bello ejemplar del género humano aparece en el dintel.
Es un caballero de aventajada estatura que aún no ha cumplido los treinta años. Moreno, perfectamente afeitado excepto un pequeño bigote que sombrea levemente el labio superior de su boca sensual. Viste con irreprochable elegancia de frac y lleva en la mano, aristocráticamente formada, unos guantes blancos.
—¿Estás lista?— dice risueño, mientras recrea sus ojos en la espléndida belleza que tiene delante.
—;Lista!— repite ella inclinándose hacia una butaca para coger la capa de armiño que completa su elegante atavío.
Entonces repara él en la desnudez de su esposa y dice contrariado:
--;Espera!—
Ella comprende; le ha bastado la voz, el gesto, se vuelve hacia él lentamente, en definida actitud de rebelión.
—¿Te has visto por detrás?— pregunta el marido frunciendo el ceño.
—;Claro que me he visto!— dice displicente y tranquila.
—¿Y estás dispuesta a mostrarte así en el baile? —Creo que no vamos allí a rezar el rosario.
—Pero tampoco me parece que' vamos a una bacanal.
—¡Armando!
—¡Luisa Fernanda!... me prometiste desterrar ciertos atrevimientos y lo que has hecho es exagerar la nota. ¿Quieres decirme por qué?
—Para que no vuelvan a suponer que me dedicaba ahora a catequista.
—¡Eso no es cierto!
—¡Muy correcto!
—Tú me obligas a ello. Me dijiste que habías llamado poderosamente la atención y que tus amigas te habían pedido la dirección de tu modista. O mentiste entonces, o mientes ahora.
—;Qué palabras más gruesas!
—;Déjate de ironías! Sobre todas las opiniones está mi opinión; la que tú debías tener más en cuenta, y demasiado sabes que aquel vestido, dentro de los cánones más rigoristas de la moda, se acercaba todo lo posible a la decencia.
—¿Nada más que lo posible?— repite despectiva.
—Nada más rotundo—. Yo no soy rigorista, ni exigente, ni mojigato. Te permito algo más de lo que debe permitirse, porque donde tantos pecan pierde importancia el pecado y se hace el ridículo si no se sigue en algo la corriente. Por desgracia debemos soportar, aunque nos molesten, ciertas imposiciones sociales, pero de eso a que mi mujer, ¿oyes?, mi mujer, pueda confundirse con... ciertas mujeres... ¡no!
--¡Lo dices en un tono de mando que quita todo deseo de obediencia!
—Estoy harto de decírtelo en todos los tonos, menos en el que pueda parecer falta de respeto. que se merece toda mujer propia que no haya desmentido que es una señora... (Continuará, Dios mediante)
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